Reflexiones de un profesor universitario (I): Las clases no tienen por qué ser divertidas

13 Noviembre 2016

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Hace veinte años que vengo dando clases en ambientes universitarios diversos, y he podido ver con mis propios ojos la evolución (absolutamente necesaria) de las clases magistrales hacia las extremadamente participativas, que generan y propician la integración del alumno en el proceso de aprendizaje. Pero la tendencia también fue derivando hacia clases más lúdicas, más “divertidas”. Esto, que en su fundamento, es una indudable buena idea, ha acabado llevándose hasta el paroxismo. Hoy en día parece que una clase no es buena si no es “divertida”, si no se juega (cada vez tengo más claro que la gamificación es, en realidad, una mala idea, contradiciéndome a mí mismo con el pasar del tiempo), si el alumno no interactua cinestésicamente. Creo que hay una confusión grande, ahí. Mi objetivo como profesor, sin duda, es que el alumno se lo “pase en grande”, en la clase, que disfrute, que se apasione. Pero que lo haga por el aprendizaje, por el razonar, por el pensar y reflexionar, porque lo que ve le provoca, le hace darle vueltas a cosas que daba por sabidas. Esa es la clase de “diversión” que busco en mis clases. Por decirlo de otra manera: no es necesario pasarnos la clase jugando y haciendo chistes para que la misma sea realmente interesante. “Interesante” es, en realidad, la palabra que me obsesiona. Si una clase es interesante, no hay manera de que nos aburramos. Pero erradicar el aburrimiento de las clases no tiene que ver con luchar contra él frontalmente (esto se puede hacer de manera bien sencilla, no tiene ningún mérito) sino con luchar contra la falta de interés.

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Y la falta de interés puede tener dos fuentes principales: la acción formativa (donde sumamos la materia, que en si misma puede ser poco interesante, y el profesor, que puede tener una manera poco interesante de exponerla), y el propio alumno. La obligación recae sobre ambos protagonistas: el profesor debe saber hacer interesante cualquier materia, pero el alumno también debe ser capaz de interesarse por todo (eso es lo que define, creo, a un buen alumno: su grado de interés por todo; prefiero mil veces un alumno muy interesado con poca capacidad de aprendizaje que uno nada interesado con facilidad para ello).

Para el profesor, justamente, ahí reside el riesgo. Para hacer una materia interesante se le ocurre, a veces, proponer actividades muy lúdicas, muy participativas que, si bien van a hacer que el alumno no se aburra, van a dar unos resultados de aprendizaje extremadamente escuetos que se podrían haber superado sin problemas haciendo una clase mucho más expositiva y menos participativa. Pero a veces caemos, yo el primero, en lo fácil, en lo más agradecido, en esquivar los bostezos con pasatiempos superficiales, en vez de con estrategias comunicativas más directas y productivas en términos de aprendizaje.

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Como digo, yo mismo he cometido este error un montón de veces. Reviso mis clases de hace unos años y me doy cuenta de que hay un exceso de dinámicas en clase, demasiadas diapositivas que buscan el efecto fácil (intentando usar referentes culturales pop relacionados con el target del alumno que se tiene en frente), demasiados incentivos que, en realidad, no producen otra cosa en el alumno que una cierta dejadez, una cierta pasividad mental. Estas estrategias se han ido adquiriendo debido —todo hay que decirlo— gracias a una cierta convención en círculos docentes que proclama la necesidad de ponerlas en práctica (parece que no se es buen profesor si las clases no son eso, “dinámicas”, “divertidas”, “participativas”). La prueba más palpable de ello es la inclusión en las encuestas de calidad post-asignatura de preguntas del tipo: “¿El/la profesor/a ha sabido hacer prácticas las clases?”. Esto viene dado, sin duda, porque el perfil del alumno y su actitud en clase, también ha ido cambiando (quien sabe si motivado o sedimentado, en realidad, por esas mismas estrategias participativas de los profesores). Cada vez más, los alumnos parecen exigir que el interés por aprender se lo faciliten. Cada vez más, los alumnos vienen de una educación basada en la sobreestimulación constante, el multiplataformismo y la adicción mayúscula a los impactos constantes y sostenidos en el tiempo. Su capacidad de concentración se ha reducido enteros, tanto en profundidad como en extensión. Todo ello conlleva, sin duda, que cada vez sea más complicado hacer que una clase sea realmente interesante. En todo caso, esto no debe servir de excusa: los que nos dedicamos a dar clases debemos mejorar, y mucho, nuestras habilidades para adaptarnos a los cambios que se van produciendo en los alumnos a nivel sociológico. Si no sabemos hacerlo, mejor dejar paso a aquellos que sí saben.

Pero la solución a estos cambios actitudinales en los alumnos no debe ser, creo, el ponérselo más fácil. Casi creo que es justamente lo contrario. Necesitamos exigir más a los alumnos. Necesitamos dejarles claro que el trabajo de los profesores es saciar su interés, no generárselo. Necesitamos de los alumnos el mismo nivel de exigencia y de compromiso que nosotros, los profesores, debemos exigirnos a nosotros mismos.


Marc Ambit – Consultor y formador

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15 comentarios en “Reflexiones de un profesor universitario (I): Las clases no tienen por qué ser divertidas”

  1. En eso estoy de acuerdo y yo pienso que tiene que ser así porque la integración social es para todos y tiene que ser necesaria para la vida de hoy en día.
    Por un país libre sin prejuicios hay que luchar por lo que valemos y demostrar que podemos hacernos notar sin exigir mucho

  2. Excelente, muy de acuerdo. Soy un nuevo profesor y estoy totalmente del lado del autor. Yo también prefiero alguien menos “listo” y más alguien interesado.

  3. Me ha encantado tu publicación y por eso mismo, la puse en el facebook para q todo el mundo la viera.

    Genial porq he notado precisamente lo mismo, …creo en mi caso q eso si es producto de estas escuelas de “pedagogos”, q con frecuencia aunq no siempre, se la pasan diciéndole a uno en cursos cómo dar clases, pero ellos realmente nunca lo hacen.

  4. En realidad parece muy acertado lo que dices acerca del interés que debe mostrar un estudiante universitario. El problema, en mi opinión, es que vienen acostumbrados a la gamificación de las etapas anteriores, donde a menudo encontramos una gran cantidad de alumnos desmotivados a los que es difícil enganchar por el contenido, pero menos conseguirlo por medio de la forma.
    Esto es algo que me encuentro a diario en mis clases: no hay forma de cualquier aspecto de la cultura francesa les interese lo más mínimo, pero se lo planteas como un concurso y, prácticamente todos se enganchan a buscar respuestas a preguntas retorcidas.

  5. ES importante la motivacion intrinseca. He escuchad a muchachos y jovenes universitarios decir, es que el procesor no hace que su asignatura sea motivante…..

  6. Estoy parcialmente de acuerdo. Lo que describes es cierto y no voy a negar nada. Sólo añadir algo (que de alguna manera ya mencionas el texto) y es la clave: la sociología, nos hemos metido de lleno en una era tecnológica e hyperestimulante, va el pack completo, somos lo que hacemos y damos ejemplos a los que viene detrás siendo como sociedad unos comodones hedonistas, que preferimos hacer todo por internet en lugar de perder tiempo y con esfuerzo hacer las cosas físicamente, damos a nuestros niños videojuegos, están con internet a saco, videos, telemierda etc… y ahora nos echamos las manos a la cabeza con las consecuencias????
    Lo siento, pero no hay marcha atrás, cada vez menos personas serán (cerebralmente) capaz de aprender con lucidez, sino con gamificación, porque están configurados así de base, los hemos hecho así; su filosofía será otra, otros conflictos futuros que resolver, nuestra filosofía les sonará a chino cada vez más, y el humanismo vs otras corrientes sucumbirán ante el neomaterialismo transhumanista. Por supuesto que habrá de todo y habrá humanistas y no sé si acabarán hasta siendo un gheto de gente que quiera vivir como el siglo 20 antes de internitificación, y serán los nuevos amish. Creo que ido demasiado lejos pero sabes lo quiero decir y a dónde van los tiros.
    Y no es que me guste lo que está pasando, estoy de acuerdo contigo, pero la realidad va como un rodillo.
    Te recomiendo la lectura del libro Gracias Finlandia de Xavier Melgarejo y uno de los últimos capítulos habla sobre los modelos educativos presentes y futuros, y el panorama para casi todos no es nada alentador.
    Saludos! y muy lúcida tu aportación, da gusto leer algo profundo, reflexionado y con preguntas así.

    1. Muchas gracias, Jm, por tu detallado e interesante comentario. Muy de acuerdo contigo. Como bien dices, “la realidad va como un rodillo”. Ciertamente, veo a los humanistas viviendo en una comunidad aislada, hehehe.
      Me apunto, por cierto, el libro que mencionas, que el tema, como ves, me parece muy interesante.

      Una vez más, muchas gracias, Jm.

  7. Las clases no tienen necesariamente porqué ser divertidas, pero lo que no han de ser absolutamente son aburridas.
    Es mis tiempos de estudiante sufrí muchísimas clases aburridas, que consistían básicamente en un profesor recitando lo que podría poner un libro, con el inconveniente añadido de que leo bastante más rápido que lo que alguien puede hablar. Por suerte, en una época con muchísimo menos control sobre el alumno, salvo el control de presencia, pude aprovechar bastantes de estas clases para estudiar, a menudo con tapones en las orejas.
    Lo que sí apreciaba eran las clases interesantes. Que me aportaran lo que en los libros no podía —o sabía— encontrar. Recuerdo el Dr. Ibarz, en mis antípodas ideológicas, pero que enfocó su curso desde una perspectiva histórica, explicando datos, razonamientos y motivaciones de los químicos desde finales del siglo XVIII a principios del XX, que establecieron las bases modernas de esta ciencia; claro que el día del examen no preguntó por Lavoisier o Berzelius, sinó que puso problemas de equilibrio de reacciones, que los que no sabían resolver de cursos anteriores o lo habían aprendido por su cuenta, sufrieron una masacre de proporciones épicas. Pero para mí, sí que fueron clases interesantes.
    El doctor Vidal, era muy distinto, sus clases estaban llenas de anécdotas y chistes, pero pronto me di cuenta de que servían como referencias memorísticas y para situar el contexto. No es lo mismo que te expliquen en clase «un móvil desplazándose según la ecuación tal, experimenta una fuerza según el vector cual…» a «Un día, un camionero muy delgado, quería descargar un piano que llevaba en su camión, cuando…».
    Respecto a los juegos, hay una determinada ideología, la misma que opina que el trabajo es el centro de la vida, que tiende a despreciarlos, o por lo menos a solo considerar juegos triviales. Un juego, es una simulación, y como tal, una herramienta poderosa para aprender lo que puede llegar a ser la realidad. Pero idear juegos no es en absoluto trivial y, especialmente en secundaria, he visto algunos profesores que los que proponen son «patéticos». Yo no sé qué nivel de expresión escrita tengo, pero puedo asegurar que el hecho de haber jugado a juegos con temas de comunicación escrita o incluso de propaganda entre jugadores, me ayudó más en el tema que las famosas «redacciones» que sufría en secundaria, en especial porqué nunca me quedaba claro que es lo que querían que escribiera.
    Creo firmemente que, como todos los mamíferos, la adquisición de conocimientos en los humanos se basa en el juego, sea de imitación, sea de interacción competición entre iguales.
    Respecto a ponerlo difícil a los alumnos, en oposición a ponérselo fácil, mi percepción subjetiva es terriblemente negativa. Recuerdo perfectamente un día, que mirando un texto más de divulgación que libro de texto sobre trigonometría, me di cuanta de que con solo dos fórmulas —y muy sencillas— se podían resolver todos los ejercicios sobre triángulos. No tardé ni cinco minutos en darme cuanta. Quizás un año o dos más tarde, este tema apareció en clase. Como era de esperar el profesor avanzó en él lentamente y la verdad fue que como que sabía resolver perfectamente esta clase de ejercicios, no me fijé especialmente en como lo aprendían mis compañeros. Quince años después, un día estaba en casa de una prima, profesora de matemáticas, que estaba corrigiendo unos trabajos sobre este tema. Los miré, y me di cuenta de que muchos de sus alumnos se complicaban la vida de una manera espantosa, un simple ejercicio para ellos se convertía en un arduo problema. Le pregunté:
    —No les has dicho que con estas dos fórmuals ya tienen suficiente y que todo esto es trivial.
    —No, si se lo dijera así, sería demasiado fácil —y añadió algo como— no trabajarían y no lo aprenderían.
    Pero mi modesta apreciación es que a los 52 años de haberme topado con las dos formulitas, las recuerdo perfectamente y en ocasiones las uso, pero dudo absolutamente que ni siquiera un 10% de los alumnos de mi prima, a estas alturas sepan resolver un triángulo.
    Soy partidario de mostrar los temas de una manera fácil, sin esperar que los alumnos lleguen a conclusiones en las que a veces los profesionales del tema tardaron siglos en encontrar formulaciones sencillas.
    Recuerdo perfectamente que cuando en secundaria salió el tema del silogismo, me tuve que aprender aquello del barbara, celarent, darii, ferio… con na regla memotécnica para poder ponerlo en caso de que saliera en el examen, pero la realidad es que me había aprendido el álgebra de Boole un cierto tiempo antes, y todas las complicaciones de la lógica elemental, se convitrieron en realmente elementales.

    1. Gracias, Xavi, por el aviso!
      La verdad es que ha sido una casualidad que hayan coincidido varios artículos alrededor del mismo tema en tan poco espacio de tiempo. Señal que el tema interesa! 😀

      Gracias!

  8. De acuerdo en muchos puntos con la salvedad de que como docentes es necesario, y sonará un poco demagogo esto, pero es necesario amar lo que impartimos, creo que de esto se desprenden muchas claves que contribuyen a hacer la clase “interesante” y, en especial, a motivar interés en quien la recibe.
    Ahora, sobre hacérsela fácil, creo que en mi país desde la primaria se la están haciendo fácil y por ello en la universidad “nos toca” entrar a rellenar muchos puntos flojos de su pasado educativo, a su vez recortando el tiempo de programa. Lo que nos lleva a trazar un procedimiento de transmisión de conocimientos y no un proceso de pensamiento y aplicación práctica, porque además, a la institución y a la nación les urge graduar profesionales, que sepan mucho, algo o nada, pero que sean profesionales.

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