La trampa tras las seductoras oficinas de Google

20 December 2015

Empezaron a correr estas fotos cuando todavía abríamos los powerpoint que nos mandaban por email. Luego pasaron a las redes sociales y a los blogs. Y siempre nos ha parecido el summum de la felicidad del trabajador poder gozar de unas instalaciones como estas. Ya no es tan solo el poder deslizarse por toboganes o tener cerca siempre una sala llena de consolas de videojuegos; nuestra reacción tiene más que ver, probablemente, con la sensación de que hay una dirección o un departamento de RRHH que se preocupa verdaderamente por los empleados. Se impone la necesidad, entonces, de aclarar algunas cuestiones importantes que no se nos deben pasar por alto.

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Primero, no olvidemos nunca que el hecho de remodelar unas instalaciones y llevarlas a este nivel de creatividad, confort y diversión se debe, fundamentalmente, a que en estas empresas los trabajadores se pasan la mayor parte del día en sus instalaciones. Sus jornadas laborales están lejos de ser las estipuladas por los convenios. Se encuentran supeditados por completo a los plazos de entrega inmediatos y a una presión desmesurada inyectada tanto por sus propios dirigentes como por los propios compañeros en una carrera competitiva de dudoso fin. Por lo tanto, lo primero que debería venirnos a la cabeza al ver unas instalaciones tan lujosas es que han sido diseñadas, precisamente, bien para paliar el exceso de horas allí dedicadas, bien para instar, justamente, a quedarse durante más tiempo en ellas.

Google-Offices-Amsterdam-6Por otro lado, cabría recordar que las cuestiones derivadas del entorno físico de trabajo (instalaciones, servicios añadidos como guarderías o salas de juego, decoración, mobiliario, etc.) son poco dadas a exportarse a otros lugares y culturas sin la necesaria adaptación. Y, justamente, ahí reside el problema cuando algún directivo iluminado al ver estas instalaciones piensa que la manera de conseguir el prestigio y los resultados de empresas como Google depende única y exclusivamente de la copia fidedigna de los espacios en su empresa. Lo que consiguen es catastrófico.

Consiguen, fundamentalmente, un aumento significativo del desánimo y del desprecio de los trabajadores contra la compañía. El directivo, por supuesto, no solamente no entenderá tal reacción, sino que incluso reprenderá a sus trabajadores por desagradecidos. Pero lo que no hará este avispado directivo es pensar (corre el rumor que a mayor altura en el organigrama se reduce el nivel de oxígeno, dificultando así el acto de pensar con claridad). Ni se le pasará por la mente ninguna de las siguientes cuestiones:

  • Alguien que no tiene unas buenas condiciones salariales (o al que se le ha negado en repetidas ocasiones un aumento) no solo no entenderá sino que se ofenderá al ver que se gastan recursos en cuestiones secundarias. Herzberg ya demostró con claridad en su teoría de los dos factores que el salario justo (considerado justo por el trabajador) es un factor de higiene, es decir, que debería venir de base para que el resto de medidas motivacionales surtan efecto, dejándolo al nivel de la seguridad en el trabajo, la higiene del entorno, etc.
  • 289_F7_meeting_gondola Habilitar un espacio que invite a la diversión y al solaz sin que vaya acompañado de una relajación en el nivel de control obsesivo ejercido sobre los trabajadores no solamente no genera ningún beneficio sino que la invitación acaba convirtiéndose en una especie de socarronería sádica. Cuando un trabajador nota el aliento de sus supervisores en la nuca, que le lanzan miradas de desaprobación cuando deciden hacer una pausa para el café o para un cigarrillo, que suspiran cuando le ven charlando sobre trivialidades con otros compañeros, el hecho de que le inviten a jugar a la playstation en una sala de juegos habilitada a tal efecto suena mal, muy mal. Suena a chiste. Suena a señuelo para cazar a los vagos. Suena como si su presencia en la sala de juegos pudiera ser usada en su contra en cualquier momento de crisis. Por resumirlo, cuando en una empresa se ha inoculado la cultura de la sobre-supervisión, del control y de la desconfianza, cunado se mide la productividad por horas trabajadas (o en las que aparentaba que se trabajaba) en vez de por resultados objetivamente medibles, pretender hacer ver que, en realidad, la empresa va en la dirección contraria, la de la libertad individual y el placer en el trabajo es, sencillamente, insultante y, en cualquier caso, motivo de desconfianza.

Por lo tanto, no finjamos querer ser modernos y rompedores, creativos y humanos cuando no lo somos, cuando no hemos hecho el esfuerzo de sujetar los mimbres de una estructura completamente orientada hacia esos valores. Y recordemos que toda acción con finalidad motivadora hecha a destiempo o fuera de lugar no solo no cumple con sus objetivos sino que produce el efecto justamente contrario.


Marc Ambit – Consultor y formador

 

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